sábado, 23 de mayo de 2026

JESUCRISTO NO PREVALECE SOBRE GENGHIS KHAN

 


 

Tal ha sido la afirmación de Benjamín Netanyahu en el contexto de la cita que hacía de un historiador, incidiendo en la idea de que el mal vencerá al bien, si aquél se muestra suficientemente agresivo. El canciller israelí se ha disculpado posteriormente, señalando que no pretendía denigrar a Jesucristo. Pero sus proyecciones psicológicas y su perspectiva demoníaca no dejan de resultar evidentes a la reflexión: Según los Evangelios el fundador del Cristianismo fue tentado en el desierto por el demonio para demostrar su poder divino en el mundo terrenal y mostrarse como su Señor. "Mi reino no es de este mundo", señaló el Cristo, y todo paralelismo con un conquistador genocida y criminal como Genghis Khan sólo puede hacerse a costa de Benjamín Netanyahu, sobre el que pesa una orden de arresto emitida el 21 de noviembre de 2024 por la Corte Penal Internacional "por crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra". Parece, pues, que el israelí, que no puede presentar otra figura procedente del judaísmo más universal que Jesús, se alinea con los "Señores de este mundo" para justificar su política genocida y criminal de tratar a las poblaciones civiles como fuerzas armadas, y de practicar el asesinato masivo o selectivo, cosa que se le da muy bien, como a su modelo mogol. Parece una ironía del destino que el presidente del Líbano, cuyo sur se empeña ahora el implacable Netanyahu en arrasar y ocupar, aprovechando la guerra de Irán a la que ha empujado a los EUA, tenga que ser un cristiano. Israel cuenta, por ende, con las simpatías de cierto cristianismo sionista y con la labor de los cabilderos judíos en EUA, que subvencionan las campañas electorales del 100% de los Senadores y del 90% de los congresistas. El Señor de este mundo es también el de la mentira.

El pasado febrero marcó el récord de duración de la Carta Otorgada de 1978. No ama tanto, empero, nuestra partidocracia eutanasiófila la longevidad humana, pues ofrece la muerte incluso a jóvenes víctimas de profunda depresión como única salida a los males que ella misma ha contribuido en gran medida a crear, mientras sus miserables voceros hablan de un "inalienable derecho a una muerte digna" para la gente que les sobra, que al final podemos ser todos.

El mundo no me deja en paz. El espíritu de servidumbre voluntaria se manifiesta hasta de formas melancólicas. ¿Cómo puedo juzgar si yo mismo estoy destinado a ser un leve recuerdo? Voy tambaleándome de una cosa a otra, sin siquiera posarme en nidos de pasiones culpables, que, triste, desecho mirando a otra parte. Con mis fuerzas de colibrí intento cubrir el expediente, esperando que nadie me tire a un lado, de donde ya no podré levantarme. ¿E importa? Los problemas y las desgracias llegan como un chocarrero desfile que me deja apoyado en la pared, a merced de los vientos del reproche y la culpa. Y lo veo con nostalgia presentida alejarse calle abajo, aceptando que tarde o temprano llegará otro que me acabe tumbando para siempre. Las pequeñas satisfacciones que tiran de mí no carecen de un poso de insidiosa amargura.

Hace unos días, el 20 de marzo, cumplí los 60 años, en medio de preocupaciones y pequeñas molestias físicas. Como siempre el río de lo cotidiano anega cualquier esfuerzo simbólico, y me encuentro sintiéndome igual que antes de la fausta o infausta fecha; fue, no obstante, un día alegre, pero no por mí, sino porque coincidió con el nacimiento de la hija de un muy querido amigo. Bravo por esa vida que arranca, y ánimo para ésta que empieza a repetirse en una idéntica incógnita.


sábado, 16 de mayo de 2026

UNA CONSTITUCIÓN FALSA

 


Cada 6 de diciembre se ve marcado en España por la conmemoración de la llamada Constitución del 78, aquella, como gusta decir tópicamente, que «con tanto esfuerzo nos hemos dado». Pero, ¿fue realmente así?, ¿nos dimos los españoles una verdadera Constitución? Para responder a tal pregunta es preciso recordar cómo se desarrolla un periodo de libertad constituyente, ver si el tal se dio en España, y, luego, analizar en qué medida el texto del 78 se ajusta a lo que se supone que es.


En el periodo aludido, son elegidas ex profeso unas Cortes llamadas constituyentes que elaboran una Constitución, y se disuelven antes de someter el texto constitucional al refrendo de la nación. Desgraciadamente, esto no fue lo que ocurrió en España: la Ley de Reforma Política, aprobada por las Cortes franquistas en 1976 (siguiendo el cínico principio de «de la ley a la ley»), creaba unas nuevas Cortes, formadas por dos cámaras, el Congreso de los Diputados y el Senado, al tiempo que Adolfo Suárez, a la sazón presidente del Gobierno, sacaba adelante un Decreto-ley en marzo de 1977 para regular las primeras elecciones legislativas de junio del mismo año. Dicho Decreto establecía un sistema electoral proporcional de listas de partidos, que, como sabemos, impide la representación política del ciudadano, limitado a refrendar lo que ya le ofrecen los 5 o 6 líderes de los partidos, que son quienes realmente controlan el poder político. El escándalo surgió a finales de ese año cuando el periodista Pedro Altares, director de la revista Cuadernos para el diálogo, descubrió y publicó que en el seno de dichas cortes legislativas se había formado una comisión secreta que estaba redactando una Constitución a espaldas de la nación. A pesar del alboroto provocado por tal infamia, ambas cámaras sancionaron el texto constitucional, y fue sometido a plebiscito popular el 6 de diciembre de 1978, en el que el pueblo español no pudo elegir la forma de su Estado, monarquía o república, y se le daba como forma de gobierno la de la partidocracia, oligocracia, oligarquía o Estado de partidos, caracterizado por la no representación política y la no separación de poderes, así como por la corrupción como necesario factor de gobierno, dando así lugar a la actual monarquía de partidos.


Pues una Constitución establece el sistema en que se estructura el poder del Estado, la representación política y la separación de poderes, es decir, explicita las reglas de juego del poder político (la enumeración de derechos y libertades que contienen las Constituciones es un desideratum irrealizable, un error traído a Europa por Lafayette tras su estancia en los EE.UU). Por tanto, puede decirse que en España no contamos con una verdadera Constitución sino con una Carta Otorgada que concede graciosamente a los súbditos una serie de derechos (donde empieza la reglamentación de un derecho termina una libertad), que pueden serle, asimismo, arrebatados, pues no proceden de la libertad constituyente que la nación se daría a sí misma. Vemos, en consecuencia, que dicha Carta Otorgada sanciona un régimen antidemocrático (entendida la democracia como forma de gobierno), donde el poder del Estado, convertido en enemigo de la nación y la sociedad civil, es detentado por 5 o 6 personas, los jefes de los partidos, que, por sí mismos —y en ocasiones junto a sus consortes—, actúan como cabezas coronadas de tales organizaciones de intereses de clase.


En conclusión, podemos decir que no tenemos nada bueno que celebrar cada 6 de diciembre, pues no contamos con una verdadera Constitución nacida de un periodo de libertad constituyente, que consagre la representación política y la separación de poderes como elementos necesarios de la democracia política.

viernes, 15 de mayo de 2026

Testamento ológrafo de HERMANO LOBO

 


El "fasto de la ruptura democrática" patrocinada por la "Coordinación Democrática, también llamada Platajunta" de Antonio García-Trevijano, a la que el "laico y republicano" hermano lobo declaraba "heredero universal" no ha llegado a producirse. Sí llegó en cambio "la reforma", "la democracia a la española", así bautizada por Arias Navarro, y el paso de la ley a la ley de Fernández-Miranda. ¡Ojalá volvieras, hermano lobo redivivo, en estos tiempos de censura, autocensura, y exilio interior de tantos que no soportan ya la falta de libertad y la podredumbre moral y corrupción que se extiende de arriba abajo (cuius regio, eius religio: el pueblo acaba teniendo la moral de su príncipe) en este régimen de partidos!


domingo, 28 de octubre de 2018

IMPUESTOS






Bill Brandt, vía Art Blart blog.




El problema de que haya gobierno en España es que empiezan a subir los impuestos. Los medios a su servicio exaltan las ventajas para la salud de las tasas sobre el alcohol, el tabaco y las bebidas azucaradas, pero callarán cuando próximamente graven el gasóleo. Y todo para mantener el gasto político, que no público, es decir, las redes clientelares de los partidos que nos parasitan con legiones de diputados y concejales de obediencia debida al jefe que los pone en las listas, cargos a dedo, y empresas y organismos públicos. Sólo con el gasto que supone las duplicidades de administraciones públicas se cubriría el déficit de lo que se llama la hucha de las pensiones. Pero tocar a la clase política y a sus acólitos, jamás. Es la esencia de la partidocracia que nos engaña y nos desangra, sin que les importe un pito la gente. 

Todo es consecuencia de la ausencia del principio de representación, el diputado no representa a los votantes, ni se siente vinculado a ellos, sino al lidercillo de cada partido que lo pone allí, y al que obedece por mandato imperativo -cosa por otra parte prohibida por la constitución de 1978-. El diputado, pues, no representa a los electores de su distrito, sino a los intereses particulares de un clase política sólo atenta a sus intereses personales, y a la conservación del poder, mientras vende al pueblo que estamos en una democracia. Falsa democracia, sino partidocracia sin separación de poderes, ni principio de representación, y, por lo tanto, abocada a la corrupción como factor determinante de gobierno.

domingo, 21 de octubre de 2018

ESCRITORES Y PARTIDOCRACIA




Hace ya casi 60 años de la muerte de Albert Camus. Modelo de escritor comprometido, y hombre de izquierdas, como él mismo se llamaba, "a pesar de ella y de mí mismo" siempre quiso mantener su independencia intelectual, lo que le acarreó violentos ataques por parte de la intelligentsia de la época, encabezada por Jean-Paul Sartre, de obediencia debida a los dictados de la U.R.S.S., a la que Camus llamaba "horrible sociedad intelectual" en un discurso que todavía produce un nudo en la garganta cuando se lo escucha en boca de su autor:

"Yo sé, en todo caso, solitario o no, hacer mi oficio, y si lo encuentro a veces duro, es porque se ejerce en esta horrible sociedad intelectual en la que vivimos, donde se hace un punto de honor de la deslealtad, donde los reflejos han sustituido a la reflexión, donde se piensa a golpes de slogan, y donde la maldad intenta hacerse pasar demasiado a menudo por inteligencia. Yo no soy de esos amantes de la libertad que quieren adornarla de cadenas redobladas, ni de esos servidores de la justicia que piensan que se sirve bien a la justicia, cuando se entrega varias generaciones a la injusticia. Vivo como puedo, en un país desdichado, rico en su pueblo y su juventud, provisionalmente pobre en sus élites, lanzado a la búsqueda de un orden y de un renacimiento en el que creo. Sin libertad verdadera ni un cierto honor yo no puedo vivir. Ésta es la idea que me hago de mi oficio".

Camus muere en 1960, cuando los Estados de partidos que surgen de la 2ª Guerra Mundial se están consolidando bajo el manto excusador de la Guerra Fría, y cuando él podía alzar su voz, llena de autoridad moral, contra ese mundo intelectual y literario que tomaba sectariamente un claro partido político. Su pensamiento, empero, estaba destinado al fracaso, pues la ingenuidad de su pretensión de sustituir la política por la moral suponía que Montesquieu, entre otros, no había pasado a su lado.

En la Europa de nuestros días, y más concretamente en un país como España, estos apasionamientos y estas muestras de dignidad y honor parecen cosa de otro planeta. El mundo literario es más bien un mundillo donde sobrenadan ambiciones y soberbias aisladas, que pretenden no ver el mar de indiferencia que les rodea hasta más allá del horizonte. El escritor tipo no tiene, y lo que es peor, no quiere tener un peso como referente intelectual y moral en esa "búsqueda de un orden y de un renacimiento" en el que sí creían artistas como Camus. No hay escritores, pues, que participen siquiera en esta farsa de política que es el Estado de partidos, ni la degradación moral y política de la sociedad española tras la Transacción del 78 es objeto de sus creaciones (algunos, empero, pretenden presentar sus obras como una crónica de esta época, aunque no hagan más que memorias privadas); la partidocracia sostiene así una hegemonía cultural tan férrea a través de sus medios de comunicación de masas castradores y ocultadores de cualquier brote de reflexión intelectual o creación artística, que el escritor, que no siente ni concibe la necesidad de esa "libertad verdadera y un cierto honor", vegeta en su solipsismo a la sombra de un poder al que no suele criticar más que bajo retratos costumbristas y difusos, sólo atento a las presentaciones de sus obras, a la recepción de éstas entre sus amigos del oficio, a poder entrar en la corrupta rueda de los premios literarios como premiado y jurado y viceversa, y atento, en fin, a mantener su precario e ilusorio status mediante el endiosamiento y la envidia preventiva.