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viernes, 12 de junio de 2026

EL ÚLTIMO VERANO DE PAZ

 


Escucho al ministro de la guerra alemán decir que éste ha sido el último verano de paz; luego el jefe del estado mayor del ejército francés ha declarado que los franceses deben estar preparados para perder a sus hijos en una próxima guerra con Rusia (que se toma varios años para tomar el Donbás, pero que en un par de días se colaría en Bretaña). En medio de esta interesada paranoia bélica serpea mi existencia, observando la injusticia y la mediocridad ambiente: otras guerras sordas y mezquinas que se libran a diario y dejan heridas que nunca cierran del todo.

La actualidad rebosa de planes de paz, contraplanes, y mil y un recovecos diplomáticos que nunca conoceremos en su totalidad. Todo según intereses contrapuestos: los de grupos económicos transnacionales que animan este turbo capitalismo woke militar-digital que padecemos en el llamado "Occidente" (Uccidente, según Diego Fusaro, por su promoción de la muerte -ajena- en pingües abortorios, eutanasiofilias y frentes de guerra), frente a los de grupos de países anclados a ciertas viejas concepciones de la soberanía e independencia nacional unidas al mantenimiento de ciertas tradiciones y referentes culturales.

Algunos políticos cutrecorruptos entran en prisión y los de su facción hacen como si no los conocieran, mientras que los de las otras facciones del poder del Estado reaccionan en función de sus intereses electorales, actuando como si (siempre 'como si', la base del engaño de este régimen partidocrático) la corrupción estructural del sistema no tuviera que ver con ellos.

El libro de los alumnos dice que votar es una "responsabilidad cívica" pero a mí sólo me sale decir que es un derecho -no un deber- político, que la democracia se basa en la separación de poderes y el principio de representación política (la libertad de elegir un representante político no necesariamente adscrito a un partido determinado), y que cada cual piense si vivimos "en democracia" como dicen, o no.

La libertad de expresión se ve cada vez más acosada por cierta "censura virtuosa" que responde, por un lado, a subjetivos sentimientos de presunta ofensa y vulnerabilidad de parte de colectivos más o menos minúsculos y manipulados, y, por otro, a la voluntad política de criminalizar dicha libertad creando los "delitos de opinión" aka "delitos de odio" para acabar incluso con la libertad de pensamiento, cuando se interioriza los tabús que marca el poder político-económico.

Las ofensivas de verano.

domingo, 16 de septiembre de 2018

LIBERTAD DE PENSAMIENTO




Entre 1938 y 1965 Arthur Kaufmann compuso su tríptico Die geistige Emigration, "la emigración intelectual", en el que retrata a un grupo de representantes del mundo de la artes y las ciencias de lengua alemana, huidos a Estados Unidos desde el dominio del III Reich nacionalsocialista.

Estas personas perdieron su libertad de expresión en sus países de origen, pero no la de pensamiento. En la Europa de nuestros días, y centrándonos en España, existe un modo de totalitarismo difuso que ataca directamente a la libertad de pensamiento. Es lo que ha venido a llamarse consenso, que, como modus agendi de la oligarquía política, ha acabado permeando a la sociedad civil. El consenso es en sí antidemocrático y antiintelectual, pues exige el sometimiento a una postura apriorística, en nombre del acuerdo y la concordia, eufemismos de una servidumbre voluntaria que es característica de las sociedades civiles sometidas a los regímenes partidocráticos como el español.

Llegar a un consenso, pues, es la ambición máxima de cualquier reunión o encuentro, sea en la administración o en la sociedad en general. El disenso, por otra parte, sufre además el acoso combinado de lo políticamente correcto, el comunitarismo, la ideología de género y el buenismo, rasgos de la ideología nihilista socialdemócrata, que se caracterizan por su afán de modificar y controlar el lenguaje como vía directa de control del pensamiento.

Así pues, la persona que no quiera limitarse a repetir los eslóganes que le han enseñado en la escuela o en los medios de comunicación, se encontrará con recursos asumidos de autocensura mental, que le llevará a evitar lo que pueda considerarse conflictivo, capaz de herir susceptibilidades, o lo que se afirme con cierta rotundidad y seguridad.

Estamos, en fin, en una época en que adquiere plena validez la afirmación de Thomas Mann de que el que desafía las ideas hechas de una sociedad es un héroe.

sábado, 7 de octubre de 2017

LA PARTIDOCRACIA ES RESPONSABLE DE LA CRISIS CATALANA





Richard Oelze



El actual proceso independentista en Cataluña es una consecuencia directa de la degradación progresiva del Estado de partidos o partidocracia española. Ello explica dos eventos conexos como la inacción criminal del actual gobierno, y las constantes peticiones de diálogo de diversas instancias como partidos del régimen cual Podemos o poderes fácticos como la Iglesia Católica.

La inexistencia de una verdadera democracia en España, caracterizada por la separación de poderes, es decir, la separación de nación y estado, según la cual aquélla legisla y éste ejecuta, queda demostrada en los partidos anclados en el estado, que viven por y para ellos, fomentando la estadolatría y el sentimiento de desnacionalización en la sociedad civil, a la que se priva, por el sistema electoral proporcional de listas abiertas o cerradas, de la representación política de diputados uninominales de distrito con mandato imperativo e independencia de los intereses bastardos de los partidos estatalistas. Así, pudo escucharse hace poco al presidente de la Generalidad catalana que Cataluña iba, por fin, a tener un estado. Enfrente, el gobierno del estado español no quiere aplicar ninguna medida coercitiva, ni judicial ni ejecutiva, aunque hace años que podía haberlo hecho si tuviera alguna conciencia nacional, y, en consecuencia, patriótica; estaría, en cambio, dispuesto a dar caudales ingentes del dinero que roba impunemente a los ciudadanos (los mismos que contemplan angustiados e impotentes la tormenta en el famoso cuadro de Richard Oelze) a los estatalistas catalanes, o a concederles todas las competencias propias de un estadito a su medida, siempre que se mantuviera la apariencia de una unidad nacional mínima de la antaño llamada España.

Por otra parte, las demandas de diálogo responden a la nostalgia del consenso, es decir, del acuerdo de las oligarquías político-económicas para repartirse poder, privilegios y prebendas a costa de los súbditos del régimen y de la nación que constituyen independientemente de su voluntad.

Sólo la voluntad de disenso puede, en fin, sostener la libertad de pensamiento que permita la defensa desprejuiciada de la existencia de la nación española, incompatible, como ya se ha visto, con la de la Monarquía de partidos, que la sangra y la niega, dispuesta incluso a trocearla para satisfacer la ambición de poder de su miserable clase política.


martes, 25 de julio de 2017

SISTEMA, NORMA Y HABLA EN EL LENGUAJE POLÍTICO





Réné Magritte



Con el designio de superar la insuficiente dicotomía entre langue y parole establecida por Ferdinand de Saussure, fundador de la lingüística moderna, el lingüista Eugenio Coseriu ideó una distinción tripartita entre sistema, norma y habla:

Sobre la base del mismo hablar concreto, única realidad investigable del lenguaje, han de elaborarse, según nosotros, los conceptos de norma y sistema, mediante una visión retrospectiva que tenga en cuenta las relaciones entre los actos lingüísticos concretos y sus modelos. [...] Es decir que el hablante utiliza, para la expresión de sus intuiciones inéditas, modelos, formas ideales que encuentra en lo que llamamos "lengua anterior" (sistema precedente de actos lingüísticos). O sea que el individuo crea su expresión en una lengua, habla una lengua, realiza concretamente en su hablar moldes, estructuras de la lengua de su comunidad. En un primer grado de formalización, esas estructuras son simplemente normales y tradicionales de la comunidad, constituyen lo que llamamos norma; pero, en un plano de abstracción más alto, se desprenden de ellas mismas una serie de elementos esenciales e indispensables, de oposiciones funcionales: lo que llamamos sistema. [...] Vale decir que el sistema y la norma no son realidades autónomas y opuestas al hablar [...] sino formas que se comprueban en el mismo hablar, abstracciones que se elaboran sobre la base de la actividad lingüística concreta, en relación con los modelos que ella utiliza. (E. COSERIU, Teoría del lenguaje y lingüística general. Cinco estudios, 3ª ed., pp. 94-95)

El sistema es, pues, una abstracción consistente en una red de oposiciones funcionales (de acuerdo con el principio de la lingüística estructural que concibe la lengua como un sistema de oposiciones relevantes), que se ve mediatizada por una abstracción de segundo grado llamado norma que limita las posibilidades expresivas del sistema. De tal suerte, como afirma Coseriu, "el individuo conoce o no conoce la norma y tiene mayor o menor conocimiento del sistema. Al no conocer la norma, se guía por el sistema, pudiendo estar o no de acuerdo con la norma (creación analógica)" (o.c. p.99) Por ejemplo, el uso de "rompido" o "andé" frente a los normales "roto" y "anduve". Por otra parte, el hablante puede saltarse deliberadamente la norma, y aprovecharse de las posibilidades que le ofrece el sistema, como ha sido el caso de los grandes escritores, creadores y renovadores en el idioma.

En la actualidad puede observarse con preocupación cómo el lenguaje de la política intenta, a través de la escuela y los medios de comunicación, convertirse en una nueva norma, que sustituya a la norma colectiva actual. Este antinatural esfuerzo provoca violencias al sistema, el lugar donde se encuentran la norma y el habla. Así, la machaconamente impuesta distinción en plural entre masculino y femenino, "compañeros y compañeras", "alumnos y alumnas", se opone a la oposición privativa del sistema que tiene al masculino plural como término no marcado, es decir, como el término de la oposición (masculino/femenino) que puede representar a ambos en el plural, según el principio de economía lingüística (tal violencia sistémica ha dado lugar a la chapucera solución de la utilización de nombres colectivos como "alumnado" o "profesorado"). Todo ello para evitar un llamado "lenguaje sexista", como si el lenguaje fuera un ser vivo y racional, que pudiera asumir tal postura ideológica, la de la socialdemocracia y la perspectiva de género, y no un sistema de relaciones opositivas destinadas a facilitar la comunicación humana.  (Así, el año pasado, formando parte de una comisión para la redacción de un llamado Plan Estratégico de Desarrollo de las Lenguas en Andalucía [P.E.D.L.A.] mi sorpresa fue mayúscula, cuando uno de los representantes de la Junta se ofreció en nuestra última reunión de trabajo en Torre Triana para eliminar todos los "rasgos sexistas" del borrador resultante).

La característica más perniciosa, por tanto, de esta nueva norma es, esencialmente, su carácter ideológico, que impone, asimismo, limitaciones severas en el uso del léxico tradicional para evitar presuntas discriminaciones y actitudes fóbicas frente a colectividades diversas. Se trata, en resumidas cuentas, del afán de control del pensamiento a través del control del lenguaje. El hablante, pues, debe resistirse a esta norma colectiva, y ser consciente de la libertad que está ínsita en la misma naturaleza de la lengua.

domingo, 15 de enero de 2017

LIBERTAD DE PENSAMIENTO



Entre 1938 y 1965 Arthur Kaufmann compuso su tríptico Die geistige Emigration, "la emigración intelectual", en el que retrata a un grupo de representantes del mundo de la artes y las ciencias de lengua alemana, huidos a Estados Unidos desde el dominio del III Reich nacionalsocialista.

Estas personas perdieron su libertad de expresión en sus países de origen, pero no la de pensamiento. En la Europa de nuestros días, y centrándonos en España, existe un modo de totalitarismo difuso que ataca directamente a la libertad de pensamiento. Es lo que ha venido a llamarse consenso, que, como modus agendi de la oligarquía política, ha acabado permeando a la sociedad civil. El consenso es en sí antidemocrático y antiintelectual, pues exige el sometimiento a una postura apriorística, en nombre del acuerdo y la concordia, eufemismos de una servidumbre voluntaria que es característica de las sociedades civiles sometidas a los regímenes partidocráticos como el español.

Llegar a un consenso, pues, es la ambición máxima de cualquier reunión o encuentro, sea en la administración o en la sociedad en general. El disenso, por otra parte, sufre además el acoso combinado de lo políticamente correcto, el comunitarismo, la ideología de género y el buenismo, elementos de la ideología nihilista socialdemócrata, que se caracterizan por su afán de modificar y controlar el lenguaje como vía directa de control del pensamiento.

Así pues, la persona que no quiera limitarse a repetir los eslóganes que le han enseñado en la escuela o en los medios de comunicación, se encontrará con recursos asumidos de autocensura mental, que le llevará a evitar lo que pueda considerarse conflictivo, capaz de herir susceptibilidades, o lo que se afirme con cierta rotundidad y seguridad.

Estamos, en fin, en una época en que adquiere plena validez la afirmación de Thomas Mann de que el que desafía las ideas hechas de una sociedad es un héroe.