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sábado, 10 de marzo de 2018

LA MUERTE DE LOS ORDINALES






Pierre Pelegrini


Los ordinales en español están en franca vía de extinción. Es cierto que, por su derivación latina, resultan de aprendizaje más dificultoso. Otras lenguas romances, como el francés, han desarrollado un sistema de ordinales más sencillo a través del sufijo -ième. Pero la cuestión se torna diferente, desde el momento en que parece que se ha renunciado a enseñarlos y a utilizarlos en medio escolar y culto (así se puede encontrar escritores, no por ello menos pomposos, que renuncian a su uso). Los números ordinales, como dice la RAE "expresan orden o sucesión en relación con los números naturales e indican el lugar que ocupa, dentro de una serie ordenada, el elemento al que se refieren. Por lo tanto, no cuantifican al sustantivo, como los cardinales, sino que lo identifican y lo individualizan dentro de un conjunto ordenado de elementos de la misma clase". No puede ser lo mismo, pues, hablar de 'treinta y dos edición' 'o 'la edición número treinta y dos' (que no evocan en absoluto un orden), en vez de 'trigésimo segunda edición'. Aparte de eso, los ordinales, a diferencia de los cardinales, expresan variaciones de género y número, y no deben confundirse tampoco con los números fraccionarios. No extrañaría, por otra parte, que la RAE en su política de facilonería guay y contrasentido gramatical, acabara declarando sustituible el ordinal por el cardinal, igual que acaba de hacer con el imperativo por el infinitivo en el caso del verbo 'ir'.

Uno piensa, entonces, en el Anti-Adán de Cioran, en el hombre que va desaprendiendo palabras, al contrario del prístino Adán dando nombre a cosas y animales en el Edén, o en la neolengua de Orwell, fruto de un empobrecimiento deliberado. Tal vez en el mundo de nuestros días, marcado por la cantidad (también viene a la mente el título "El reino de la cantidad" de Réné Guénon), la noción de orden, preeminencia, individualización y variedad que marca el ordinal cede inconscientemente ante el peso bruto de la cantidad indiferenciante, y falsamente democrática.

martes, 25 de julio de 2017

SISTEMA, NORMA Y HABLA EN EL LENGUAJE POLÍTICO





Réné Magritte



Con el designio de superar la insuficiente dicotomía entre langue y parole establecida por Ferdinand de Saussure, fundador de la lingüística moderna, el lingüista Eugenio Coseriu ideó una distinción tripartita entre sistema, norma y habla:

Sobre la base del mismo hablar concreto, única realidad investigable del lenguaje, han de elaborarse, según nosotros, los conceptos de norma y sistema, mediante una visión retrospectiva que tenga en cuenta las relaciones entre los actos lingüísticos concretos y sus modelos. [...] Es decir que el hablante utiliza, para la expresión de sus intuiciones inéditas, modelos, formas ideales que encuentra en lo que llamamos "lengua anterior" (sistema precedente de actos lingüísticos). O sea que el individuo crea su expresión en una lengua, habla una lengua, realiza concretamente en su hablar moldes, estructuras de la lengua de su comunidad. En un primer grado de formalización, esas estructuras son simplemente normales y tradicionales de la comunidad, constituyen lo que llamamos norma; pero, en un plano de abstracción más alto, se desprenden de ellas mismas una serie de elementos esenciales e indispensables, de oposiciones funcionales: lo que llamamos sistema. [...] Vale decir que el sistema y la norma no son realidades autónomas y opuestas al hablar [...] sino formas que se comprueban en el mismo hablar, abstracciones que se elaboran sobre la base de la actividad lingüística concreta, en relación con los modelos que ella utiliza. (E. COSERIU, Teoría del lenguaje y lingüística general. Cinco estudios, 3ª ed., pp. 94-95)

El sistema es, pues, una abstracción consistente en una red de oposiciones funcionales (de acuerdo con el principio de la lingüística estructural que concibe la lengua como un sistema de oposiciones relevantes), que se ve mediatizada por una abstracción de segundo grado llamado norma que limita las posibilidades expresivas del sistema. De tal suerte, como afirma Coseriu, "el individuo conoce o no conoce la norma y tiene mayor o menor conocimiento del sistema. Al no conocer la norma, se guía por el sistema, pudiendo estar o no de acuerdo con la norma (creación analógica)" (o.c. p.99) Por ejemplo, el uso de "rompido" o "andé" frente a los normales "roto" y "anduve". Por otra parte, el hablante puede saltarse deliberadamente la norma, y aprovecharse de las posibilidades que le ofrece el sistema, como ha sido el caso de los grandes escritores, creadores y renovadores en el idioma.

En la actualidad puede observarse con preocupación cómo el lenguaje de la política intenta, a través de la escuela y los medios de comunicación, convertirse en una nueva norma, que sustituya a la norma colectiva actual. Este antinatural esfuerzo provoca violencias al sistema, el lugar donde se encuentran la norma y el habla. Así, la machaconamente impuesta distinción en plural entre masculino y femenino, "compañeros y compañeras", "alumnos y alumnas", se opone a la oposición privativa del sistema que tiene al masculino plural como término no marcado, es decir, como el término de la oposición (masculino/femenino) que puede representar a ambos en el plural, según el principio de economía lingüística (tal violencia sistémica ha dado lugar a la chapucera solución de la utilización de nombres colectivos como "alumnado" o "profesorado"). Todo ello para evitar un llamado "lenguaje sexista", como si el lenguaje fuera un ser vivo y racional, que pudiera asumir tal postura ideológica, la de la socialdemocracia y la perspectiva de género, y no un sistema de relaciones opositivas destinadas a facilitar la comunicación humana.  (Así, el año pasado, formando parte de una comisión para la redacción de un llamado Plan Estratégico de Desarrollo de las Lenguas en Andalucía [P.E.D.L.A.] mi sorpresa fue mayúscula, cuando uno de los representantes de la Junta se ofreció en nuestra última reunión de trabajo en Torre Triana para eliminar todos los "rasgos sexistas" del borrador resultante).

La característica más perniciosa, por tanto, de esta nueva norma es, esencialmente, su carácter ideológico, que impone, asimismo, limitaciones severas en el uso del léxico tradicional para evitar presuntas discriminaciones y actitudes fóbicas frente a colectividades diversas. Se trata, en resumidas cuentas, del afán de control del pensamiento a través del control del lenguaje. El hablante, pues, debe resistirse a esta norma colectiva, y ser consciente de la libertad que está ínsita en la misma naturaleza de la lengua.