sábado, 26 de septiembre de 2026

NO A LA GUERRA

 



"Si Adolfo Hitler está gobernando hoy en Alemania, es porque lleva doce años predicando la guerra. Su triunfo lo debe más que nada a haberse colocado abiertamente contra los pacifistas. "¡Exterminemos a los pacifistas!". Este es su grito de combate. [...] Esta palabra de "pacifista" es el mayor insulto que se puede dirigir en estos días a un ciudadano alemán. Yo quisiera que el que lo dudase pudiese hacer la prueba en una calle de Berlin."

Así se expresaba el periodista y escritor español Manuel Chaves Novales en su gran reportaje sobre la Alemania nazi de 1933 para el periódico Ahora, publicado en 2012 por la editorial Almuzara con el título Bajo el signo de la esvástica (p. 26).

Vivimos en estos últimos tiempos en eso que se llama "Europa" y "Occidente" entre mensajes que pretenden concienciarnos de la ineluctabilidad de una futura guerra en el recosido territorio europeo. Tenemos así al anterior alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y política de Seguridad, o, más popularmente, Jefe de la Diplomacia Europea, sr. Josep Borrell, que afirmó tiempo ha que la UE era un "jardín" (que quizás él pretende cultivar en exclusividad volteriana) y el resto del mundo una "jungla" -una variatio racista sobre el concepto del "Eje del Bien" y el "Eje del mal" de la administración Bush-, para luego señalar que sería necesario acrecentar el gasto militar, en detrimento de otras partidas sociales, en consonancia con esa previsión de un próximo conflicto, como afirma también su jefa directa, la presidenta del Consejo Europeo, sra. Ursula von der Leyen -marcada como él por la sombra de la corrupción, que parece un mérito en los currículums de la oligarquía partidocrática europea-.

Hasta hace poco se nos decía que todo este aumento de gasto militar y sacrificios (pues las sanciones contra Rusia se han demostrado un boomerang, que ha golpeado Europa, quien ha perdido una fuente directa de energía barata -aunque sigue comprando de tapadillo-) era para proteger la "democracia ucraniana" víctima del "expansionismo de Putin". Ha sido, empero, ese mismo Jefe de la Diplomacia, que hace de todo menos diplomacia y que habla en nombre de todos los europeos sin haber sido elegido directamente por ellos, quien ha declarado recientemente que el apoyo a Ucrania responde a los intereses legítimos de la UE y los EE.UU.

Cabría preguntarse, empero, si esos "intereses propios" a los que alude el sr. Borrell son los de la gente que se levanta por la mañana para ganar un salario (del que el gobierno partidocrático se queda con un 50% a través de su Neoinquisición fiscal), que ve que el coste de la cesta de la compra ha subido un 50% desde 2020 (culpa de Putín, claro -será culpa suya también que los impuestos hayan aumentado 69 veces desde 2018-), que debe recurrir a una sanidad que no es ni universal (el 60% de los tipos de cánceres no son cubiertos, ni el dentista, ni el psiquiatra) ni gratuita (si alguien no quiere que un tumor cancerígeno se le extienda sometido a una dilatada lista de espera), y entregar a sus hijos a una enseñanza pública trabada por leyes disparatadas; esa gente que va sumisamente cada cuatro años a refrendar con su voto las listas de corrupción debida de los partidos del Estado, y que sumisamente va masticando junto a la comida las mentirosas consignas que transmiten los Nodotelediarios para que, poco a poco, vayan aceptando una guerra que ni les va ni les viene, al modo de la rana hervida del cuento.

La población española no tiene nada que ver con la alemana de los años treinta, ampliamente deseosa de revancha y de guerra, ni con el actual belicismo nihilista anglonorteamericano al que alude Emmanuel Todd en su libro La défaite de l'Occident (Gallimard, 2024). Todavía se acuerda uno de aquel "No a la guerra" que encendía las calles españolas en 2004, en gran parte cálculo electoral de una "izquierda" que ahora asiente ante el mandato del amigo norteamericano, y a la que apenas se la oye ante los crímenes de guerra que comete sistemáticamente Israel en Gaza.

Ese "No a la guerra" es, sin embargo, más necesario que nunca, como mera lucha por nuestra supervivencia física, y como bandera añadida en la resistencia pacífica (que comienza por no votar) a la oligarquía política al servicios de los intereses de grandes potencias y su complejo militar transnacional.

viernes, 18 de septiembre de 2026

POR QUÉ EL "RESTO DEL MUNDO" HA ELEGIDO A RUSIA

 


Tal es el título del capítulo 11 (Pourquoi le reste du monde a choisi la Russie) de La défaite de L'Occident de Emmanuel Todd. Señala el autor el hecho sorprendente para él de que, desde el comienzo de la crisis de Ucrania, Occidente, tanto en su rama norteamericana como europea, sigue considerándose aún el centro del mundo, o mejor aún, que lo representa en su totalidad, y a cuyos valores el resto del mundo estaría rendido de admiración.

Parece, según Todd, que desde la caída del muro de Berlín, Occidente se hubiera aferrado a una mirada narcisista de autocomplacencia. No obstante, después de la Gran Recesión de 2007-2008, y del traspiés de la globalización que Occidente desencadenó -buscando con la deslocalización convertir a la población del "Resto" en un proletariado generalizado-, dice Todd, "el narcisismo occidental, y la obcecación que produce, se ha convertido en una de las ventajas estratégicas principales de Rusia (op. cit. p. 305)".

Así, sólo han condenado con añadido de sanciones económicas a Rusia los EUA, la UE, y algunos pocos países satélites (que no representan más que el 12% de la población mundial), siendo sorprendente la gran cantidad de países que ni siquiera condenaron formalmente la acción militar del país eslavo. Un efecto colateral de la guerra (que debía aislar a Rusia) ha sido, incluso, el aumento del número de países adscritos a los Brics.

Todd intenta, pues, dar una visión más realista del mundo, explicando por qué ese "Resto del mundo", expresión que proviene de la anglosfera para designar al no-Occidente (The West against the Rest), no ha apoyado a Occidente, sino que ha deseado la victoria de Rusia, y, tras constatar que ésta ha aguantado la riada de sanciones, ponerse poco a poco de su lado. La realidad del mundo es, para el ensayista francés, el doble antagonismo, económico y antropológico, que enfrenta el "Resto" al Oeste.

El antagonismo económico, expresa Todd, "deriva del hecho evidente de que la globalización ha demostrado ser no más que una recolonización del mundo por Occidente, este vez bajo dirección norteamericana y no británica. La explotación de los pueblos menos avanzados (la extracción de la plusvalía, que dirían los marxistas) ha sido más discreta, pero mucho más eficaz que en los años 1880-1914) (op. cit. p. 310)"

En cambio, una Rusia que vive de sus recursos naturales y de su industria, y que no tiene medios, ni lo pretende, para imponer sus valores y su cultura, ha parecido preferible a un "Resto", que espera que ésta, que había contribuido a la primera descolonización en la época de la URSS, lo haga en esta segunda. (Recordemos los recientes sucesos en algunas antiguas colonias francesas, víctimas de la Françafrique, que han expulsado de sus territorios a las tropas galas y norteamericanas, y han abierto sus brazos a la influencia rusa y china).

Por otra parte, la posible alianza entre Occidente y las oligarquías dirigentes de países del "Resto" se ha visto fracasar por la incautación ilegal de activos rusos en Occidente: esto ha provocado una ola de terror entre éstas, que les lleva, a una velocidad u otra -pues esta ruptura de confianza les puede hacer pensar con razón que podrían ser los siguientes-, a querer librarse del imperio del dolar.

Finalmente, del punto de vista antropológico, la imposición desde Occidente de una legislación LGTBI y transgénero a cambio de ayudas económicas, o de sanciones en caso de negativa, provoca un rechazo creciente en este "Resto", que tiende así a un enrocamiento identitario, que no puede ver más que con simpatía un neoconservadurismo moral ruso que ya no es ateo.

Esas legislaciones arriba aludidas, como la desarrollada recientemente en Japón, tienen como objetivo afianzar la pertenencia al campo occidental. Pero en este punto ve el estudioso francés la ironía suprema: ¿cómo una ideología como la transgénero, que afirma que un hombre puede volverse mujer y viceversa, cómo ese culto de lo falso (culte du faux, p. 334) puede llevar a alianzas fiables? Del tal suerte, señala Todd, se ha establecido una "relación mental y social entre ese culto de lo falso y la nula fiabilidad ya proverbial de los EUA en los asuntos internacionales" (op. cit. p. 334).


sábado, 12 de septiembre de 2026

FORTALEZA Y DEBILIDAD DE RUSIA EN LA GUERRA DE UCRANIA

 

 

Señala Emmanuel Todd en el capítulo I (La stabilité russe) de su obra que la solidez de Rusia ha sido una de las mayores sorpresas de la guerra, aunque, según el autor, no debería de haberlo sido. La verdadera cuestión es cómo los occidentales han subestimado a tal nivel a un enemigo, cuando los verdaderos datos sobre la recuperación económico-política del país eslavo desde principios del siglo XXI, tras el derrumbe de los años 90 del siglo anterior, estaban disponibles.

Todd revisa estos datos, incidiendo en que uno de ellos, una tasa actual de mortalidad infantil en Rusia inferior a la de los EUA, es un factor que se muestra en estadísticas sobre corrupción por delante de otros (La mortalité infantile, parce qu'elle reflète l'état profond d'une société, est sans doute en elle-même un meilleur indicateur de la corruption réelle que ces indicateurs fabriqués selon on ne sait trop quels critères [p. 39]).

Si Angela Merkel y François Hollande confesaron que firmaron los acuerdos de Minsk de 2014 para dar tiempo a los ucranianos para armarse, afirma por su parte Emmanuel Todd que tampoco fue un tiempo perdido por los rusos, que necesitaban un periodo para hacer frente a la desconexión de Swift y para afrontar un régimen de sanciones extremo. Así, en la regulación de Internet puede verse una de sus mayores victorias, pues han combinado la presencia de los gigantes norteamericanos del sector con otros campeones nacionales que les permite ser autónomos -recuérdese el caso de la caída mundial de Microsoft en julio pasado, a la que Rusia resultó inmune-.

Según Todd la imagen occidental de un Putin estalinista gobernando un pueblo de imbéciles no puede estar más lejos de la realidad; la "democracia autoritaria" de Putin se inscribe en una continuidad de la historia general de Rusia con sus propias características: en primer lugar, una vinculación visceral con la economía de mercado, a pesar del papel central que juega el Estado; en segundo, una libertad total de circulación para los ciudadanos rusos; y por último, la ausencia completa de antisemitismo, vieja cabeza de turco de los líderes soviéticos. Rasgos todos que hablan de cierta seguridad en sí mismo por parte del régimen.

Por otra parte, las clases medias rusas (de las que salen proporcionalmente casi el doble de ingenieros que de las de los EUA) no han servido al bello sueño occidental de derribar a Putin, tras haber contribuido a la caída del comunismo. Era, de tal suerte, inevitable que la Rusia postcomunista conservara rasgos comunitaristas (propios de la familia tradicional, autoritaria (en la figura del padre) e igualitaria (entre los hermanos)), en mayor o menor medida en todos los estratos sociales, a pesar de la adhesión fervorosa a la economía de mercado.

Tras analizar estos elementos constitutivos de la estabilidad rusa, pasa Todd a analizar su verdadera fragilidad: la demografía.

Señala el demógrafo francés que la contracción de la población masculina reclutable pone en evidencia la propaganda eurootanista de comienzos del conflicto, que afirmaba que los rusos querían llegar hasta Lisboa. Rusia simplemente no dispone de hombres para ello, ni nunca fue su objetivo.

Ante tal penuria demográfica y baja natalidad (común a casi todo Occidente) Rusia ha desarrollado una estrategia particular, la estrategia del hombre escaso (La stratégie de l'homme rare [p. 64]). El ejército ruso ha decidido, pues, hacer una guerra lenta para economizar hombres, mientras desangra al enemigo.

Los estrategas de Washington son conocedores de esa realidad, pero ello les ha llevado a subestimar la capacidad de un Estado que, a pesar de contar con una población decreciente, posee un elevado nivel educativo y un nivel tecnológico muy relevante.

El tiempo corre por el momento a favor de Rusia, aunque ella misma sabe que no eternamente; por eso su única salida es la victoria.


viernes, 4 de septiembre de 2026

ESTADO-NACIÓN, ESTADO POSTIMPERIAL Y SOBERANÍA EN OCCIDENTE Y RUSIA

 


Emmanuel Todd recuerda en su libro La défaite de l'Occident el planteamiento de John Mearsheimer, profesor de geopolítica en la Universidad de Chicago una semana apenas después del inicio de la guerra, el 3 de marzo de 2022: Rusia había anunciado mucho tiempo atrás que no toleraría que Ucrania ingresara en la OTAN, cosa que ya se estaba produciendo de facto. Lo único que ha hecho Rusia es materializar su advertencia. La única sorpresa es la sorpresa occidental (C'est au fond notre surprise qui était surprenante [p. 21]). Mearsheimer añadía que Rusia ganaría la guerra porque se trataba para ellos de una question existentielle.

Reprocha, no obstante, Todd al analista norteamericano su incomprensión hacia las motivaciones del campo occidental, de modo que ambos contendientes se acusan de locura criminal.

Explica Todd que Mearsheimer y Putin comparten la misma visión elemental de un mundo formado por Estados-naciones, caracterizados, según Weber, por el monopolio de la violencia, y por la soberanía, particularmente en el caso ruso, que no acepta injerencias extranjeras en su política interior y exterior -es un modelo evidentemente muy distinto, podemos decir, al de las partidocracias occidentales, cuya casta dirigente obedece sumisamente a las consignas de la UE-OTAN a cambio de inyecciones monetarias para sostener las emisiones de deuda, y promesas de enriquecimiento personal o de proyección política internacional-.

Sin embargo, tanto el profesor norteamericano como el presidente ruso yerran, según Todd, al interpretar la situación en Occidente, pues no son capaces de ver que en él el Estado-nación no existe ya (à L'Ouest, l'État-nation n'existe plus [p. 25]).

A partir de esta tesis intentará el autor francés explicar el comportamiento de los occidentales.

Desde Aristóteles se afirma que un Estado-nación necesita como argamasa unas clases medias fuertes. La destrucción de estas clases medias en EUA -afirma el autor- ha venido acompañada de la destrucción de una cultura nacional compartida por las masas y las clases dirigentes. Así nos encontramos "ante un imperio privado de centro y de proyecto, un organismo esencialmente militar dirigido por un grupo sin cultura (en el sentido antropológico del término), que no tiene ya como valores fundamentales más que el poder y la violencia" (p. 28). Es decir, el retrato de una sociedad polarizada, dividida entre una masa cada vez más empobrecida y una "plutocracia depredadora" (p. 30)

Tal situación descrita lleva a Emmanuel Todd a hablar de un "Estado postimperial", que ha perdido la moral social y el sentimiento colectivo que era en su caso de origen religioso protestante, y que se lanza a una política de expansión exterior, mientras su base industrial se contrae.

De otra parte, la solidaridad, que nace de la unión de un grupo frente a un tercero que se percibe como enemigo, y que había servido para fortalecer el sentimiento nacional universalmente, no vale ya en el llamado Occidente, porque la imperialista soberbia ideológica de éste (que le hace concebirse como un "jardín"), impide considerar la existencia del otro, al que naturalmente debe asimilarse. "En cambio, la fuerza de Rusia radica en pensar en términos de soberanía y de equivalencia de las naciones: teniendo en cuenta la existencia de fuerzas hostiles, puede asegurarse su cohesión social" (p. 35).