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sábado, 17 de febrero de 2024

NUEVOS TIEMPOS PREBÉLICOS

 



Escuché hace poco decir que habíamos pasado de un mundo postbélico a otro de nuevo prebélico. Esto me impresionó pues verbalizaba de modo feliz todas las impresiones que me causaban las noticias sobre la situación mundial.

Tras la disolución de la URSS, parecía que se iniciaba una era en que predominaría una sola superpotencia global, los EEUU, inaugurando una dilatada Pax Americana, que dio lugar a aquel manido concepto de "el fin de la historia". Sin embargo, desde los albores de este siglo XXI las guerras e invasiones (provocadas por esa república imperial, adalid del "mundo libre" y de "Occidente") han sido una constante. Así, en pocas décadas, China se ha afirmado como imparable aspirante a primera potencia económica mundial (ante lo que los EEUU se ven impotentes), mientras la Rusia surgida del colapso soviético intenta consolidar un espacio de seguridad, contra la promesa incumplida de los EEUU y sus lacayos de la OTAN de no extender su terreno de influencia.

El conflicto de Ucrania, concebido desde el Euromaidán, la guerra civil desatada a partir de ese evento, y los falsos acuerdos de Minsk, que "Occidente" nunca estuvo dispuesto a cumplir, con el doble objetivo de romper los lazos económicos entre Rusia y la UE, y de debilitar a aquélla con una hipotética derrota militar y eclosión interna, ha resultado en un tiro por la culata, cuya víctima ha sido la UE, un ente oligárquico y liberticida ya casi indistinguible de la OTAN, en esta guerra por delegación deseada por la política anglonorteamericana. 

Por una parte, el sabotaje "aliado" del Nord Stream 2, que ha marcado el fin de la llegada de energía barata y abundante, en primer lugar, a Alemania, desencadenó una crisis energética que ha llevado a la UE a una recesión que es difícil ocultar, aunque se intente enmascarar ahora, como dicen el periodista Lorenzo Ramírez y el analista Alberto Iturralde, con la necesidad de una "economía de guerra" frente a la "amenaza rusa", un país que ha desplegado en Ucrania menos tropas de lo que ha hecho Israel en Gaza. De nada han servido a este respecto las contraproducentes sanciones económicas a Rusia, que ha visto aumentar su PIB, y cuyo gas -licuado- y petróleo siguen comprando de tapadillo e hipócritamente las "democracias occidentales", en realidad, partidocracias diseñadas por los EEUU después de la Segunda Guerra Mundial. Éstos, sin duda, no dejan de ganar con este conflicto, pues favorecen el traslado a su territorio de grandes firmas europeas con el señuelo de una energía más barata, y están dispuestos a cobrar a buen precio el llenar de nuevo los arsenales europeos, vaciados en beneficio del régimen de Zelenski, tan consciente como todos de que libra una guerra que no puede ganar. Por otra parte, el conflicto ha fortalecido el acercamiento de Rusia y China (al fin y al cabo, el verdadero objetivo futuro de una guerra por parte de los enloquecidos y mesiánicos halcones del Pentágono), y la expansión de los BRICS+, a la que ha contribuido en no pequeña manera la desconfianza provocada en estos países por la ilegal congelación de los activos de la Federación Rusa y del Banco Central Ruso en "Occidente".

Sin comerlo ni beberlo, y sin poder hacer nada al respecto, salvo dar testimonio de la propia protesta, se encuentra uno, como súbdito de una Monarquía de partidos, obligado a formar parte de un bloque económico-político-militar, que sólo desea que aceptes la perspectiva de una guerra total en Europa de la que los verdaderos responsables se sienten a salvo a miles de kilómetros de distancia, que votes sumisamente a los oligarcas partidocráticos de turno al servicio de terceros países, que aceptes los trampantojos ideológicos de la ideología de género, la agenda globalista, y la fe en el cambio climático antropogénico, así como que te dejes esquilmar por una Hacienda, cuya razón de ser no es dotar al Estado, encarnación jurídica de la Nación, de los medios para mejorar la vida de los ciudadanos, sino hacerlos dependientes, a través de una pauperización progresiva, de una casta política que los desprecia.


domingo, 31 de diciembre de 2023

LA REBELIÓN DE JAVIER CERCAS

 



Hace pocos días el escritor Javier Cercas publicó una columna en el diario El País titulada Un llamamiento a la rebelión. En ella empieza por hablar de la existencia de la "antípolítica" "cuando la política se divorcia de la ética". Trae esto a colación con motivo del "acuerdo firmado por el PSOE y JxCat" para una amnistía a favor de los implicados en el llamado procès independentista catalán (que incluye también a los malversadores de dinero público, que resulta que no era de todos). Presenta el columnista una serie de hechos escandalosos para él utilizando una efectiva fórmula anafórica ("he visto cosas que nunca creí que vería", "he visto" en su forma más abreviada, y que hace inevitablemente pensar en el "he visto cosas que vosotros no creeríais" de aquel personaje de la película Blade Runner) y forma de endecálogo. En los primeros reprocha al gobierno su engaño, haciendo lo que dijo que nunca haría, sólo para asegurar "su continuidad con un prófugo de la justicia a cambio de la impunidad de éste". El sr. Cercas alude a la falsa concordia -la "concordia" y el "consenso" que iniciaron la Transacción del 78 y nuestra partidocracia actual, y que se ha dado en otras épocas de la historia como en la del Directorio francés tras el Terror- que subyace en este pacto de mentirosos: "He visto cómo se intentaba disfrazar de concordia el aumento exponencial de la discordia, y de perdón el hecho de pedir perdón: la amnistía es lo opuesto al perdón (que presupone arrepentimiento, inexistente en este caso)". Su indignación sube además de tono cuando observa al deuterofirmante: "He visto cómo el PSOE acataba en un pacto las trolas completas acuñadas por un partido reaccionario, supremacista y xenófobo" y la estrategia de los defensores de tal acuerdo: "He visto que contra la derecha está todo permitido, que quien protesta se convierte en agente del PP, y que, para no parecerlo, se aplauden o ignoran desmanes que provocarían una ira justísima si los hubiera perpetrado la derecha" (Es cierto que la actitud de tales sectarios se ha empedernido en los últimos tiempos bajo la presión de la conciencia de lo indefendible, que acallan multiplicando ataques a quienes discrepan de su actitud de tontos útiles que creen todavía en una división clásico-maniquea de "izquierda" y "derecha" a nivel de partidos estatales. Su argumento de que tal amnistía será aprobada por la mayoría del parlamento actual no deja de rezumar nostalgia de las Cortes franquistas, tan poco representativas como las Cámaras de ahora) Concluye el autor, pues, que "tenemos una clase política cínica, irresponsable y envenenada por el poder [...] Hemos tocado fondo".

En una segunda parte de su artículo, el sr. Cercas señala un dilema actuante: o hacer como si no pasara nada (como si hubiera democracia, que diría Antonio García-Trevijano) u optar por la insumisión. Es por ésta por la que se inclina el columnista, que llama a "la rebelión general". Tal postura le llevará, por un lado, a votar en blanco, y, por otro a abogar por la lotocracia ("estococracia" sería el término original, me recuerda mi amigo Joaquín Correa): "un tipo de democracia que propugna la elección por sorteo de nuestros representantes políticos, lo que, implantado de manera inteligente y progresiva, supondría una continua regeneración política [...] y la única esperanza verosímil de que la ensuciada palabra democracia recupere su limpio significado primigenio: poder del pueblo". 

Sin dejar de alabar la valentía del sr. Cercas, y la expresión de su indignación en un medio tan progubernamental ("Y he visto que el PSOE y un partido con el 1,6% de los votos dirimen el futuro de todos en secreto, en Suiza y con un mediador internacional (como si dialogaran Rusia y Ucrania), mientras el resto aguardamos temblando el veredicto de la superioridad..."), no podemos estar de acuerdo con sus recetas de acción política. Primero, el votar en blanco significa, en el fondo, una aquiescencia al sistema político, pues lo único que expresa con tal tipo de voto es que ninguna de las opciones que el mercado del Estado de partidos le ofrece le satisface; segundo, la estococracia podría llevarnos a una especie de nihilismo existencial como el que se describe en la La lotería en Babilonia de Borges, pues supondría coartar toda vocación política que surgiera en la sociedad civil, e ignorar toda la tradición de pensamiento político occidental que aboga por la separación de poderes en origen como medio de evitar o paliar el abuso, la corrupción y la tiranía; y por si no fuera menos, eliminaría el principio de representación política ciudadana, el otro pilar, junto a la separación de poderes, de una democracia formal. El sr. Cercas se sentiría probablemente más aliviado si pensara que, si existiera un sistema de elecciones separadas para el poder legislativo (un diputado por distrito por sistema mayoritario -no proporcional a base de listas cerradas o abiertas de partido como ahora-, y a doble vuelta) y el ejecutivo (presidente del gobierno -en una monarquía- o de la República, a doble vuelta en única circunscripción nacional) podría, como el resto de los ciudadanos, dormir más tranquilo.

No debemos, empero y finalmente, ser ingenuos y pensar que podríamos como país ser como las mónadas sin ventanas de la armonía preestablecida de Leibniz: para acercarnos a esa revolución de la libertad política, a la que sin saberlo aspira también el sr. Cercas, debemos salir de la partidocrática Unión Europea (que tiene las riendas de la Actiocracia ("Deudocracia") en que vivimos, y que hace a nuestros corruptos políticos tomar decisiones contrarias a los intereses de la nación) y alejarnos de los polemófilos objetivos de la OTAN de extenderse sin límite por el este de Europa, aun a riesgo de meternos en un conflicto nuclear con una Rusia que se niega a tener cerca armamento que apunte a su corazón.

¡Que el 2024 sea benévolo con todos!


domingo, 26 de noviembre de 2023

¿HABRÁ UN GOLPE DE ESTADO EN ESPAÑA?

 



A vueltas del tema de la ley de amnistía prometida por el presidente del gobierno en funciones Pedro Sánchez a los partidos separatistas vascos y catalanes, para asegurarse su permanencia personal en el cargo, diversos políticos del régimen y medios afines aseguran que aquél prepara un golpe de estado, para así liquidar el estado de Derecho, la Constitución, la separación de poderes, la democracia, etc., etc. Llegados a este punto, es lícito preguntarse qué hay de verdad en todo esto. Para responder a tal pregunta, es necesario analizar una vez más las bases de nuestro régimen político.

En primer lugar, debe recordarse que no existe una Constitución en España, sino una Carta Otorgada, pues, por un lado, no procede de unas cortes constituyentes, sino del acuerdo semioculto de un grupo de diputados de unas legislativas, y, por otro lado, no se reconoce en ella la separación de poderes, por lo que tampoco puede llamarse Constitución a aquella que con-tanto-esfuerzo-nos-han-dado, según se señala en el artículo 16 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Es, por lo tanto, muy difícil dar un golpe de estado contra algo que no existe.

Por otra parte, tampoco puede decirse que haya una democracia como forma de gobierno en España, dada la aludida inexistencia de separación de poderes en origen (hay, eso sí, separación de funciones, pero eso es lo que teníamos en el franquismo), y la inexistencia de un principio de representación política, encarnado en elecciones separadas para los poderes legislativo y ejecutivo, de acuerdo a un sistema electoral mayoritario. En cambio, el sistema electoral proporcional de listas cerradas y bloqueadas no sirve para elegir, sino para refrendar la voluntad de los líderes de los partidos, que sentarán así las bases de la corrupción como factor de gobierno.

En conclusión, parece difícil hablar de un golpe de estado en nuestra partidocracia, pues todo el edificio de la cosa pública está levantado de manera de que el que acceda al poder ejecutivo, controle al poder legislativo (no se oculta sin ningún pudor que las leyes las elabora el ejecutivo) y al judicial, mediante la elección de los vocales del Consejo General del Poder Judicial, que nombrarán luego a los jueces del Tribunal Supremo que juzgarán a los políticos, y a los magistrados del Tribunal Constitucional, tribunal político y constituido, con ambiciones de constituyente (las luchas de los partidos por controlar estos órganos intervenidos sólo responde a un ansia de poder total). De tal suerte, todo el poder se concentra en unas manos, perfecta definición de la tiranía. Los mismos que protestan contra esta situación son otros partidos del régimen, que proponen como solución la misma fuente del problema: la falsa Constitución de 1978, y engañan al pueblo organizando manifestaciones donde lucen las banderitas de una monarquía que sirve para justificar el statu quo antidemocrático, (y de la que no se puede, por tanto, esperar nada), y las cochambrosas enseñas de la Unión Europea, que santifica todo, mientras los gobernantes patrios se inclinen a sus designios, aunque sean contrarios a los de la nación española; todo, eso sí, bajo una música atronadora que impide siquiera lanzar al aire las consignas de la sumisión.


domingo, 12 de noviembre de 2023

ESTADO Y MENTIRAS DE DERECHO

 


Vivimos estos días en la zozobra de la fase transicional de la cosa pactada para que tengamos el gobierno "progresista" que todos nos merecemos, o no. Asociaciones de toda laya (jueces, abogados del Estado, inspectores de Hacienda, etc.) hablan (siempre en defensa de sus intereses, sin que mencionen a la nación, como señala Hughes) de destrucción del Estado de Derecho, de la Constitución y de la separación de poderes. Cosas que, como bien señala Ignacio Ruiz Quintano, no se pueden destruir, porque no existen:

“Estado de Derecho” es tautología/pleonasmo que nada significa (y lo que los malos quieren que signifique sería horrible), pues todo Estado, sólo por serlo, es de Derecho: el de Sánchez como el de Franco, el de Bismarck como, incluso, el de Gengis Kan. La Constitución es una Carta Otorgada, y sin Constitución (“una sociedad en la que la separación de poderes no está determinada, no tiene constitución”, reza el artículo 16 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano) no hay Democracia, razón por la cual en España, merced a la llamada Constitución, un jefe de gobierno (hoy, Sánchez) tiene más poder real que ningún monarca absoluto (“donde todo está en una mano”, definió Hamilton la tiranía), sin más “checks and balances” que los deseos de las potencias extranjeras a las que rendimos nuestra soberanía."

Todo en torno a la cacareada "amnistía", vocablo que corre de boca en boca de la demagogia ignorante de nuestra "derecha" e "izquierda" partidocrática, como una libertad más otorgable por el régimen, cuando la autodeterminación es una cuestión de fuerza, como explica magistralmente el propio Ruiz Quintano:

"El régimen no nos trajo la libertad política, pero, según estos arbitristas, nos ofrece unas libertades mayores: la de federar todo lo que no está separado (pura patafísica) y la de separar todo lo que está unido. Tan variadas serían estas libertades que los españoles “creen tener hasta la de hacer o deshacer naciones, y la de separarse de la única que tienen”. Y con la misma naturalidad con que se decide, votando, acometer la bajante en una junta de vecinos. En palabras del fundador de la Junta Democrática [Antonio García-Trevijano Forte], que lo dejó todo avisado: “Es con este abstracto e imposible sentimiento de la patria, a través de la Constitución de un régimen oligárquico, como lo español manifiesta su impotencia para oponerse al egoísta patriotismo económico del nacionalismo catalán y al aldeano patriotismo étnico del nacionalismo vasco” [...] Como concepto objetivo, la “Nación” es un producto de la Historia que al no depender de la voluntad no puede ser objeto de votación. Como concepto subjetivo, en cambio, la “Nación” es un “proyecto sugestivo de vida en común”, frívola ortegada extraída de Renan (también Trevijano se ocupó de los daños causados por “La España invertebrada”) que el fascismo hizo suya, pero olvidando el remate de Renan: “Una nación puede hacer lo que quiera… salvo suicidarse”."

Contra este suicidio, o mejor eutanasia, de la Nación (amnistía tacita a tacita -que tampoco hay prisa, eh-, y bases para un referéndum dizque que consultivo, pero sí, pero no), programada por el PSOE, verdadero epítome de la partidocracia del 78, junto con sus progresistas socios catalanes y vascos (oligarquía burguesa, neocarlistas, y filoetarras y otros zahoríes de esencias mítico-nacionalistas) sólo algunos empiezan a oponerse, sin limitarse a ser comparsas de actos de otros partidos del régimen, que defienden la "Constitución", como solución al problema del que es su origen.

Enardecía, pues, ver ayer a gente como Rubén Gisbert golpeado y llevado en volandas por la policía durante la concentración convocada por la nueva Junta Democrática. Esperemos que su ejemplo y el de muchos otros demócratas sirva para sentar las bases de una resistencia pasiva permanente a este régimen de parásitos, que, dopados de deuda externa, se reparten la nación a trozos (y que, entre otras cosas, gracias al yugo lingüístico, mantengan atados a los trabajadores, estorbándoles la movilidad), y la venden a los intereses extranjeros que les van insuflando dinero y asegurándoles un futuro en la UE-USA, u otros chiringuitos internacionales.


domingo, 24 de septiembre de 2023

PANORAMA POSTVOTACIONAL

 



Tras las elecciones del pasado julio, que Ignacio Ruiz-Quintano decía que han servido fundamentalmente para reasignar cuotas de tertulianos en las televisiones, el juego del "Consenso democrático" -es decir, la unanimidad que esconde la corrupción del reparto del poder del Estado por parte de los partidos del régimen del 78- se ha vuelto particularmente movido: El actual presidente del gobierno partidocrático y líder absoluto de su partido según la Ley de hierro de las oligarquías necesita, aparte de los votos de la ralea separatista (que curiosamente se afirma como apoyo de un "gobierno progresista" cuando hunde sus raíces en el más rancio Carlismo clerical), los de un golpista huido de la justicia, que juega a las cartas en Waterloo sin necesidad de artillería, esperando la visita de una alta representante del tal "progresismo", que comete supuestamente delito por ello.

Los defensores del Estado -ingenuos, ignorantes o corruptos- sostienen que si no se vota, no se tiene derecho a quejarse. Muy al contrario, es al votar cuando uno no debería quejarse de lo que está pasando, pues contribuye con su voto al mantenimiento de la corrupción como factor esencial de gobierno, a la destrucción de la nación como sujeto político y al empobrecimiento de la población en favor de las oligarquías económico-políticas.

Asistimos, así pues, a un político, muy aperreado antes y después de las votaciones, que ahora perrea por mantenerse él en el poder cueste lo que cueste, y todo esto no provoca no ya la indignación, sino el mero estupor moral entre los no ciudadanos, sino súbditos de una Monarquía de partidos de los que sólo se espera que ratifiquen cada cuatro años las listas electorales con las que el líder de cada partido se asegura su capacidad de obtener poder y repartirlo entre sus lacayos, que hagan frente en silencio a una creciente presión fiscal para mantener un henchido multiestado prebendario, y que se mueran lo antes posible, para los que se les ofrece una Ley de la Eutanasia, que no más fondos para la de Dependencia. 

Ese perreo se manifiesta, por ejemplo, en el coqueteo de los medios gubernamentales con la idea de la amnistía para los golpistas exigida por el héroe de Waterloo, para que éste se digne pasarle la mano por el lomo al candidato "progresista" y votarle (también está lo del uso de las lenguas cooficiales, pero eso no tiene nada que ver con la lengua, sino con el deseo del fascio separatista de bajarse la cremallera mostrando que su aparato no se mide en centímetros, sino en palabras). Defienden, pues, estos medios subvencionados que no se habla de amnistía en la Constitución no prohibiéndola, pero tampoco se habla en ella de la ablación de clítoris, y eso no quiere decir que se la permita. Nuestra Carta Otorgada -la que no nos dimos entre todos, sino la que redactaron representantes del régimen saliente con el entrante-, por otra parte, prohíbe expresamente en su articulado los indultos colectivos, que es lo más parecido -aunque menos grave-, a la amnistía. Mientras, la llamada "oposición" sólo muestra su lado más descorazonador de funcionarios del poder a la espera de promoción interna, liderada por un excacique autonómico, que implantó en su Autonosuya el mismo régimen de limpieza lingüística respecto al español -no lengua de Castilla, sino de todos- que en Cataluña.

Es curioso ver que las máximas autoridades de la UE como Von der Leyen, ¡oh, Borrel! y Lagarde, acceden a sus miríficos cargos con problemáticos dosieres a sus espaldas desde sus países de origen, y aún así deciden, sin haber sido elegidas por ellos, sobre el futuro de los habitantes de la UE, ese "inmenso campo de concentración" del que habla Diego Fusaro. Nada importa si destruyen la agricultura europea, y empobrecen a la población en nombre de autoproclamadas "alarmas climáticas" -pues ya lo de "cambio" o "crisis" no sirve para acelerar las medidas que quieren implantar, para conseguir, entre otras cosas, que, ante los imposibles costes, las empresas europeas de punta emigren a los E.U. de Wokistán-, pues de lo que se trata es de obedecer al amo norteamericano y a sus lacayos de la OTAN, y  podrán asegurarse de tal suerte futuros asientos y oceánicos sueldos en organismo internacionales del ramo. Cosa, finalmente, a la que no deja de aspirar también los candidatos presidenciales que se muestran más perrunamente serviles a estas consignas aparentemente "climatófilas" (Eso sí, a Borrel no parece preocuparle las consecuencias climáticas que pueda tener su afirmación de que el objetivo principal de la política europea es que Ucrania obtenga un victoria imposible sobre Rusia).

Ante este terrible panorama, unos se ponen a mirar al rey, pero éste no va a solucionar nada, sino más bien lo contrario, como recordaba Antonio García-Trevijano, citado por Ignacio Ruiz-Quintano:

El poder meramente simbólico del Rey permite a los nacionalismos utilizar el reconocimiento de la Corona como único lazo de unión con el Estado español, para funcionar de hecho como estados independientes.


En fin, sólo queda resistir, y hablar alto y claro, mientras se pueda.